Lunes
Regresaba al hogar después de haber pasado unos días fuera, cuando me adelantó un coche grande, un Mercedes, en el que me pareció ver a mis padres muertos. Una alucinación, pensé, y continué escuchando la radio, donde entrevistaban a un tipo que, tras darse un golpe en la cabeza, se aficionó a la música clásica.
- ¿Le quedaron otras secuelas? - preguntó la locutora.
- No, sólo el gusto por la ópera, a la que antes detestaba.
Hace años cogí un taxi cuyo conductor llevaba puesto un CD con "Las cuatro estaciones de Vivaldi". Me sorprendió un poco, pues no es común, e indagué de dónde venía esa afición tan culta. Me dijo que se la debía a un catarro que había cogido durante la primavera, y que no se trató.
- Cuando me libré de él, noté que algo había pasado dentro de mi cabeza. No sabía qué hasta que un día, cambiando de emisora, pasé por una de música clásica y sufrí una especie de éxtasis que me obligó a detener el coche en una esquina. Desde entonces no escucho otra cosa.
- ¿Y creee que se debe al catarro? - pregunté.
- Estoy seguro. Aquellos estornudos liberaron dentro de mi cerebro algo que hasta entonces había permanecido clausurado.
Cuando terminó la entrevista, el coche que venía detrás me dio las luces largas apremiándome a que me apartara para dejarle pasar.
Cuando se puso a mi altura, comprobé que lo conducía mi abuelo, con mi abuela al lado. Daban la impresión de tener prisa por alcanzar a mis padres. Conducían también un Mercedes.
No sé cuántos muertos más me adelantaron porque no los conocía a todos.